La nada por aquí. La nada por allá

La nada por aquí. La nada por allá (No dejéis de creer en la mágia de los buenos cuentos)

Con cariño para todos los guerreros de DarkRibbon y RedRibbon. Dos gremios de lujo del juego Gems Of War. 

El Gran Mago introduce la mano en el sombrero y extrae un gazapo blanco. Como siempre, las risas y exclamaciones de asombro caen despiadadas sobre él mientras su rostro albino, oculto bajo el maquillaje, mantiene la sonrisa.

Después, con hábiles movimientos ensayados, saca una, dos y hasta tres pequeñas palomas níveas como el orejudo roedor. De nuevo los aplausos, los gritos y más risas.

Entonces se prepara para su truco final. Apoya la base del negro sombrero de copa sobre una mesa de metacrilato transparente y con un movimiento brusco pide silencio con ambas manos. Lentamente se desabrocha la fina chaqueta de seda roja que viste en sus representaciones y una joven de danza alegre cruza el escenario con gracia y retira la prenda. Cuando el mago recupera la atención de su público comienza a remangarse la camisa lentamente…

Con precisos pases de brazos y manos demuestra que no hay nada bajo la mesa, nada alrededor o sobre ella excepto su sombrero mágico.

Entonces apoya su mano izquerda sobre el plano de cristal e introduce la derecha en el sombrero. Despacito… va hundiendo la mano más y más y acompaña ese descenso con teatrales gestos como si buscase algo secreto. El silencio inicial se va llenando de preguntas de niños y murmullos de adultos. Todos ellos atónitos a medida que desaparecen, en el interior del sombrero, primero el antebrazo y luego el codo hasta el hombro. Cuando el Gran Mago cambia su sonrisa perenne por una expresión de dolor y lanza un grito agudo el público enmudece. Y todos dejan de respirar mientras su brazo desnudo, que hace un instante estaba perdido en el sombrero, va apareciendo de nuevo poco a poco.

Muy, muy lentamente…

El Gran Mago espera paciente hasta que un lamento o el leve sollozo de algún espectador incómodo le da la señal y entonces saca el brazo de un tirón. Con agua escurriendole desde el codo y un cangrejo de gruesas pinzas rojas enganchado en el dedo índice…

Y entonces el público explota en una carcajada de alivio y en un estruendo de aplausos y vítores.

El Gran Mago recoge con calma la ovación y sus bartulos.
Atraviesa pasillos entre saludos, felicitaciones y palmadas de reconocimiento hasta su camerino. Se excusa con modesta educación y se encierra en la habitación. A solas.

Abre la cubierta superior de un enorme cajón que contiene varias jaulas y coloca el conejo en una de ellas junto a otro idéntico y a las tres tórtolas en la jaula de al lado. Luego deja el cangrejo en el pequeño acuario y mientras lo hace no puede evitar sentirse igual de atrapado que los animales a los que cada día confina. Pero sus órdenes son estrictas: bajo nigún concepto interferir o desvelar su identidad. Tan solo debe esperar a que su rescate sea posible.

Y eso lleva haciendo los ultimos seis años y deberá seguir haciéndolo durante dos años más. Ese es el tiempo necesario para poner en funcionamiento unas instalaciones nuevas después del accidente que sufrió el laboratorio tras su partida.

El Gran Mago no conoce ninguno de los arcaicos oficios de la época en la que se encuentra pero tiene que ganarse la vida y a pesar de sus limitados recursos ha podido configurar, con algunas piezas desmontadas de su vehículo de desplazamiento temporal, un pequeño portal de vacío sobre la tapa del cajón donde encierra a los animales y lo ha enlazado con la base de su sombrero de copa. Tosco pero funcional.

Cierra la jaula, apaga el dispositivo cuántico, guarda el sombrero y se deja caer en la silla frente a su reflejo. Mientras se limpia el maquillaje y las lágrimas piensa en su familia. Tan, tan lejos…. a más de ochocientos años en el futuro…

 

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