El Primer Hechicero I

Este es el primer capítulo de seis del relato corto El Primer Hechicero. Una aventura prehistórica

EL PRIMER HECHICERO

I

Ya lo había visto en otras ocasiones y sabía como terminaba. Estaba muerto, aún no, pero lo estaba en cierto modo. Un trozo de hueso blanco asomaba entre la carne desgarrada de su pierna y un fluido rojo se escapaba de ella por la herida. Él, en su primitiva ignorancia, intuía que junto con el espeso líquido se derramaba al mismo tiempo su vida. No era una certeza, era mas bien como un presentimiento.

Con el pié todavía atenazado por las rocas tiro de la pierna, ya toda roja, para corregir el extraño ángulo que formaba la parte inferior de la extremidad, y entre desgarradores alaridos se liberó de la mordaza de piedra.

Su primer impulso fue taparse la herida, quizá de ese modo los demás no le dejasen allí. Después se daría cuenta de lo ingenuo de la idea puesto que era él quién encabezaba la persecución. Era él quién huía de la enfurecida mole de carne a la que pretendían dar caza. El resto del grupo, que les seguían lanzando palos y piedras, vieron claramente como tropezaba, como caía, como su pierna se rompía.

Los demás ya habían derribado a la bestia y unos pocos cazadores se acercaron hasta él, también lo hicieron algunas mujeres de la tribu que antes habían permanecido más atrás, resguardadas del peligro, entre ellas la niña de ojos claros que casi siempre le acompañaba, con la que contemplaba las cosas.

Se había cubierto la herida con un buen pedazo de piel de antílope. Ahora cortaba, con sílex, otro trozo en finas tiras, y con ellas lo sujetó firmemente. Un charco rojo se derramaba en finos trazos por la colina.

Se sentía mareado, débil y un dolor agudo le impedía pensar con claridad, aún así fue consciente de que algunos miembros de la tribu le observaban con desconcierto y tristeza. Indecisos entre intentar hacer algo por él o ayudar al resto a despedazar la presa.

Se le nubló la vista y cuando recuperó la consciencia se vio rodeado por casi todo el Clan. Los hombres cargados de carne y las mujeres de lagrimas y pedazos de piel de mamut. Algunos emprendían de nuevo la marcha. Trató de levantarse pero el dolor y la debilidad se lo impidieron. No sería capaz de seguirles, lo sabía bien. Todos lo sabían, todos lo habían vivido antes. De sobra conocían el oscuro destino del desafortunado que resultaba herido o lisiado durante la caza.

Quizá en un asentamiento lo hubiesen trasladado a la cueva. Lo hubiesen acompañado hasta que irremediablemente hubiese caído en el sueño largo porque muchas veces el liquido rojo se agotaba incluso antes de llegar al refugio. Pero en este caso, ahora que huían del hambre y del frío, ahora que atravesaban parajes desconocidos en busca de un nuevo asentamiento. En busca de otra cueva con caza y agua cerca. Ahora era imposible cargar con un cuerpo, menos aún con un cuerpo muerto. No aún, pero en cierto modo.

Algunos se acercaron más y se despidieron con un austero gesto mientras le dejaban generosos pedazos de carne, aún tibia, del animal abatido. La niña, antes de abrazarle con tal fuerza que casi consigue hacerle perder de nuevo el sentido, le arropó con la cálida y suave piel de oso que siempre llevaba encima.

Después les vio alejarse mientras se dejaba envolver por una plácida bruma gris.

SIGUIENTE CAPÍTULO II

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